dimecres, 3 de juny de 2009

UN VIAJE POR LA AMPOSTA DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

Corría el año 1908 cuando el alcalde del pueblo de Amposta (Tarragona) Juan Palau Miralles (Gandesa 1867-Amposta 1936) llegaba procedente de Madrid con dos importantes noticias. La primera de ellas era la construcción de un puente que uniera las dos riberas del río Ebro, dando así una solución definitiva al problema de paso de viajeros y mercancías, sobre todo para aquellos vehículos pesados que no podían cruzar por el puente de barcas. La otra noticia era que el rey Alfonso XIII había concedido el título de ciudad a un pueblo de agricultores pero con voluntad de crecimiento y superación. Para conmemorar aquella efeméride, el ayuntamiento de Amposta organizó diferentes actos culturales como exposiciones, mesas redondas, etc. a lo largo de un año. Dichos actos finalizaron el cuarto fin de semana del mes de mayo con la recreación de lo que era un mercado tradicional de principios del siglo XX, complementado con otras actividades todas ellas relacionadas con la vida cuotidiana y las costumbres de la época. La ciudadanía participó de forma activa en la fiesta. Unos luciendo los vestidos confeccionados para la ocasión a partir de patrones originales de la época y, en algunos casos, ropa y complementos fielmente guardados en el fondo de los armarios. Y la mayoría asistiendo a los actos programados. También los comercios adornaron sus escaparates con muebles y enseres, la mayoría verdaderas antigüedades. Durante el día, a lo largo de la calle mayor y de la plaza de España (donde se ubican el ayuntamiento y la iglesia arciprestal) había todo un mercado artesanal con demostraciones de cómo se trabajaba en los oficios, la mayoría desaparecidos con el tiempo: hojalatero, alfarero, confección de capazos y otras fibras vegetales, herrero, carpintero, etc. En el centro de la plaza la recreación de cómo era un mercado tradicional de frutas, verduras y otros alimentos sacado de fotografías antiguas. Pero llegada la noche, la algarabía y el jolgorio, en lugar de decaer, aumentó. Bajo la dirección artística de Javier Aragó, el mercado de la plaza tomó vida y los comerciantes trataban de vender sus productos a los clientes que habían acudido a llenar sus cestos. Las ninfas del río acompañaban al público hasta la siguiente parada: la recreación de un baile tradicional, precisamente donde se ubicó durante muchos años: la conocida plazoleta de Fidel. A partir de ahí, las ninfas te conducían hacia otra plazoleta donde unas costureras habían entablado una conversación sobre los últimos chismes acaecidos. La última etapa era hasta “una taberna”. Allí, mientras se comía y bebía, se entonaban las notas de unas jotas, mientras los bailadores brincaban llevando el compás de la música que sonaba de las gaitas y tambores. La prensa (tanto la escrita como por Internet) se hizo eco de la fiesta que, este año, se celebró por primera vez, pero que desde la concejalía de cultura del ayuntamiento se pretende que tenga continuidad. Ganas entre la ciudadanía no faltan.